Mi impúdica confesión


Esta carta, (tú) , será muy larga. He leído con frecuencia que las palabras traicionan al pensamiento, pero me parece que las palabras escritas lo traicionan todavía más. Y, además, no sé como arreglármelas. Escribir es una elección perpetua entre mil expresiones de la que ninguna me satisface y, sobre todo, no me satisface sin las demás. Evidentemente, uso esta herramienta punzo-penetrante para abordarte. Y es mi decisión.

Una carta, incluso la más larga, nos obliga a simplificar lo que no debería simplificarse: nos expresamos siempre con tan poca claridad cuando tratamos de hacerlo de una forma completa! Yo quisiera hacer aquí un esfuerzo, no sólo de sinceridad, sino también de exactitud; estas páginas contendrán muchas tachaduras: ya las contiene.

Este es mi capricho, mi manera de expresar lo que realmente es inexpresable. Mi rollo sobre ti. Mi pretensión de esperar algo que nunca espero. Y por qué siempre espero lo que realmente no me quieres dar? Porque lo que me das es lo que realmente espero.

Lo que yo te pido (lo único que puedo aún pedirte) es que no saltes ninguna de estas líneas que me habrán costado tanto. Si es difícil vivir, es aún mucho menos penoso explicar nuestra vida.

Debería habértelo explicado en voz baja, muy lentamente, en la intimidad de tu habitación, en ese momento sin luz en que se ve tan poco que casi nos atrevemos a confesarlo todo. Pero te conozco, (tú). Eres muy bueno. En un relato como éste hay algo lastimero que te hubiera podido inducir a enternecerte; por haberte compadecido de mí, creerías haberme comprendido. Te conozco. Hubieras querido ahorrarme lo que tiene de humillante una explicación tan larga; me hubieras interrumpido demasiado pronto, me hubieras mandado a callar con tu necedad y, a cada frase, yo hubiera tenido debilidad de esperar a que me interrumpieras. También tienes otra cualidad (un defecto, quizás) de la que hablaré más adelante y de la que no quiero abusar más.

Soy demasiado culpable para contigo y tengo que obligarme a establecer una distancia entre tu compasión y yo.

Pero qué indefenso está el hombre ante los elogios! Esto no lo hago como para pretender levantarte tu estima o querer ser parte de la llanada de impensables de tu plantilla. En cuanto hay alguien que observe nuestra actuación, nos adaptamos queriendo o sin querer, a los ojos que nos miran y ya nada de lo que hacemos es verdad. "Aquello que otorga sentido a nuestra actuación es siempre algo totalmente desconocido para nosotros." Con esto quiero decir que un drama es vital siempre y cuando pueda expresarse mediante una metáfora referida al peso.

Yo soy todo lo que no soy y viceversa. Una vez alguien escribió acerca de mí que todo lo que digo y escribo son especulaciones indemostrables y me llamó un Sócrates casi inverosímil. Pero este argumento no es necesariamente tratado sobre mí. Es tratado sobre ti. Porque invadiste mi vida cual embriaguez dionisíaca y ahora escribo sobre mi pesar. Creo que ese alguien estaba equivocado en sus afirmaciones.

Entre todos los amantes se crean rápidamente unas reglas de juego de las que no son conscientes, pero que son válidas y no pueden infringirse. Entre tú y yo, de ese acuerdo tácito sobre la amistad erótica presuponía que Felipe Rotjes dejaba el amor fuera de su vida. Creo que así no sucedió. Pero ese no era el acuerdo de lo que realmente me hablabas y no escuchaba. Yo sólo escuchaba mi ebriedad llena de amor. Dionisios me hablaba. Convirtió nuestra fiesta, en una fiesta ebria de amor.

Sin embargo, me he hecho reproches para no rendirme a tu compasión y tu compasión me oía con cabeza gacha.

Hubo mucha transición en corto tiempo de conocernos. Llagaste un día a mi lado sin que yo te hubiese invitado. Odio en la circunstancia de cómo te conocí. Odio haber elevado mi peligroso encanto de la ociosidad por haberte conocido de esa manera y odio dejarlo sin haber obtenido nada.

Entre el mundo del sexo virtual y el mundo de la belleza de un mundo traicionado por lo banal, como un río entre dos reinos, se extiende un intenso olor a orina. En la belleza de mi mundo traicionado, sólo lograré encontrarla cuando sus perseguidores la han dejado olvidad por error en algún sitio.

La belleza como error es la última fase de la historia de la belleza. Y en eso vives, en un error impregnado de bellezas. Sin embargo, el deseo de traicionar me invadió de nuevo: de traicionar mi propia traición.

Yo te escribo porque te quiero. Te quiero porque eres el polo opuesto al kitsh. En el reino del kitsh serías un monstruo. No hay ninguna película americana o europea en la que pudieras existir más que como ejemplo de maldad. Y de eso, necesariamente, va mi querer contra ti.

Sé que no soy lo que esperas por condiciones de edades, por cuestiones de circunstancias, por condiciones de razones. Quizás también por condiciones sexuales. Y lo siento, pero allí tu compasión te invadió y no me dices las verdades frecuentes en la cara.

Yo me muero en saber que sientes por mí. Pero me muero también por saber que realmente no sientes por mí. Me asusta la manera con que maniobras tu apegos. Es un estilo confuso. Un estilo apabullante. Yo me acuerdo cuando me dijiste "Te quiero". Aquellas palabras se convirtieron en visiones confusas que me transportaban a un desespero inefable. Sin embargo, delante de esas afirmaciones había una mentira comprensible y detrás una verdad incomprensible.

En duda queda mi vida luego de esas acciones. Porque fui víctima una vez más de la traicionera peligrosidad del sueño.

Es precisamente el débil quien tiene que ser fuerte y saber marcharse cuando el fuerte es demasiado débil para ser capaz de hacerle daño al débil. Yo no me quiero marchar, soy el débil. Yo quiero respuestas. Me avergüenzo en no seguir la progresión de lo que nace. Pero soy demasiado impaciente por encontrar respuesta y te pongo pruebas y tomo decisiones aleatorias. Hago lo que me recomiendan y llego a las decisiones menos pensadas. Esta decisión la tomé esta semana y tenía que dejar de interesarme por ti por tan sólo días. Hasta que llegase el momento exacto de decirte, de escupirte todo lo que siento. Y que, de una u otra forma, me ayudes a reprimir o sondear esto.

(Tú), ni siquiera el propio dolor es tan pesado como el dolor sentido con alguien, por alguien, para alguien, multiplicado por la imaginación, prolongado en mil ecos. No obstante, esas alegorías tan llenas de metáforas indecentes, tan llenas de ti, me cegaron de la verdadera razón de tus propósitos.

Cuando leo y re-leo esta carta, me doy cuenta de que es una total pérdida de tiempo. Independientemente de lo que vayas a pensar o no pensar.

Yo estoy viviendo un karma. Un karma mío, de mis errores anteriores, pero soy demasiado vulnerable como para entenderlo. También soy vulnerable en saber que estás aquí y que no te tengo como quisiera y que tu compasión, una vez más, determina mi posición.

Yo no soy nadie para determinar tu vida. La llevas como tú la quieras. Lo que no agrda es la manera en la reprimes lo que sientes por ser tan desvergonzado. (No entiendo por qué te reprocho esto. No le pares. Sigue adelante con el texto)

Discúlpame por hacerte leer estas trivialidades. Quizás pensarás: "la loca intensa que se enrolla por algo inalcanzable." No me arrepiento de lo que te escribo. Orbité en millones decisiones como para llegar a la más idónea y esta fue la que tomé.

Lo que siento que me haces yo me lo estoy haciendo. Lo que siento que te hago no es cierto. en efecto: nuestro amor sólo acababa bien en mis relatos. Tal vez por eso ahora me encuentro incapaz de escribir nada decente.

Por qué siempre tratamos de borrar nuestras propias huellas? (no me lo respondas)

Yo sólo quiero, (tú), que luego de este esfuerzo de escribirte lo que realmente no quería escribir es que, a veces, como ente vulnerable, necesito que me escribas tus verdades. Escríbeme hasta llegar a la deshonra, por favor.

Sin embargo, (tú), aún siento que aquí estamos, tú, yo y esta botella de vino. Y yo con la extraña sensación de que estoy sobrando tú en la ecuación.

Te quiero, gueón.

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