Crónica de un suicidio



"Nací un viernes y todavía no he muerto... creo."

El día que intentó arrancarse la existencia, Felipe Rotjes sintió la presencia más trémula que ha sentido en su vida: libertad.

Todo ocurrió un domingo por la tarde. El ajetreo constantes de la vida marcaba un desesperante preludio sin aforo. El atardecer o desvancer del día se hacía sentir y los animales no emitían los sonidos claves de comunicación al que están acostumbrados. Era el día. Como si se hubiese hecho sólo para tal motivo. Algunas personas no se lo imaginaban, pero reían en ausencia pensando que lo están haciendo bien, pero sin algún reparo irremediable. Sudor de manos y piernas. El calor hostigaba con creces al ruido de un ventilador barato y sin esencia. El sonido era tétrico, hacía un tañido insoportable. Las manos entre la nuca y un leve apretón de cabeza. Desesperación latente. El corazón de acero y el miedo era actuado. La decisón estaba tomada, sólo faltaba la acción. La acción del cuerpo y la sustancia para completar el acto y terminar con el periplo de un peripecia jamás escrita y contada en posteridad. Las piernas tiemblan más que el frío, el ventilador seguía girando. Era algo así como adentrarse en un ciclón y pensar que no eres parte de ese movimiento. La consonancia con el ruido y el movimiento de los dedos de los pies, marcaban un vals montado y dirigido. Un espectáculo digno de observar y denotar.

Todo esto pudiera parecer ridículo, pero la producción del espectáculo ya estaba en escena. "El show debe continuar" se alzan las cortinas con aplomo, el viento rebasa hasta los párpados de Felipe y sus ojos mojados de lágrima y dolor dan inicio a la estocada final. Los ojos formarán parte de la ventana del epiciclo. Darán el placer visual a los espectadores del motivo de esta crónica. Los ojos ahora son voces narrativas. Oscuros, álgidos, enmudecidos e insonoros. Los ojos apaciguarán todos los sentidos. El sofá cruje al momento de la inclinación de cintura y los pies pisan la cerámica fría del piso. Las ansias de que el tiempo no sea tiempo, contrastan un deseo repudiable a la verdad. La mentira ya no existe. La mentira ya marchitó las ganas. Sólo queda la verdad amarga. Esa que te conecta directamente con la muerte y es itinerante y se torna ambiguo.

Pero el tiempo ya marca la hora. Felipe se hartó de formar parte del elementalismo y de ser una pieza retráctil del montón. Uno de esos mundanos yadró que son visibles o útil en ciertos ambientes. Él se da cuenta que todas las heridas hieren y la última mata. La que viene a continuación es la referida. La esperada por todos, la que no tiene solución ni respuesta positiva. La que te incentiva a tener esperanzas ciegas y la que es oblicua por naturaleza y te hace vivir con angustias. Ya nada es hilaridad. Sólo existe el miedo, pero es un miedo sin sentido y sin forma y sin objeto; un miedo no creado por nadie, ni por alguna deidad. - Yo no quiero ser entendido. Yo sólo quiero el silencio- Comulga Felipe en silencio. Sí, en silencio. Pero en un silencio fónico, de esos que nadie está preparado para escuchar. Algunas personas no merecen el silencio, pero lo tienen y no lo utilizan.

Felipe ya se encuentra de pie y se dirige al ventanal. Un ventanal oscuro y lleno de colores opacos. el día ya era noche y la noche ya era penumbra. Cuando llega al ventanal, observa millones de luces que observan el espectáculo. Sólo las luces hacen de público, los demás elementos son superfluo. No le interesan el final. Felipe se aferra al paraban del ventanal, la brisa vuelve a rozar su cara y su cabello, se arrastra por su oído como si un ángel antagonista lo instigara a retroceder y no actuar, sin embargo, Felipe, ya era parte del arte. el ángel desaparece. No sabes en ciencia cierta si los ángeles existen, no obstante, en ese momento se hizo presente uno.

Los ojos llenos de lágrimas hacían que la vista fuera desenfocada, las luces se hacen indivisibles, algo así como largas y finas. Eran muchas luces largas y finas que danzaban al ritmo de un parpadeo. Cuando se cerraban desaparecían, cuando abría eran visibles. Como los amigos, que desaparecen y vuelven a aparecer por el interés que ese maneja en el momento.

Ya Felipe se obliga a montarse en el paraban del ventanal y era un poco débil para sostener su cuerpo. Las lágrimas que bajaban por sus mejillas, terminaban su caudal por las rodillas no sin antes pasar por el pubis. Felipe estaba desnudo, el frío entumecía todo su cuerpo y lo hacía chiquito a tan amplia inmensidad. Era el momento. Felipe debe caer y se retrasa en actuar. El miedo lo aborda, pero por qué te aborda? No habías tomado una decisión? No habías sido el ser más valiente y ensimismado para cometer tal aberración humana, monja trémula? ah? Tírate, pues... A VER SI ERES EL SER DEFINIDO QUE DICES SER QUE HA SIDO AZOTADO Y DAÑADO POR DISTINTAS FORMAS.

Y Felipe cae, ve yacer su vida en pocos segundos. Los segundos sólo le daban chance de decir con fervor: "CREARÉ CON FALSEDADES UN SENTIMIENTO MUERTO".

Pero el tiempo hace un rewind y aterriza en su silla con su laptop prendida, mientras redacta con, poca cordura, su "crónica de un suicidio".

2 comentarios:

IrrAngell dijo...

Podría decir que me absorve tu forma de dividir el tiempo radial a un mismo punto en tantas escenas, que a su vez son tan ricas visualmente; podría también... decir que las analogías que expresas, cargadas de tanto valor crítico ante la realidad del ser, son tan fuertes como atractivas a mi vista, ... podría decir que es ese sentido tan descriptivo y basto de lo irreal, el que me hace perderme entre párrafo y párrafo; Pero, es la sensibilidad que me generas estando al borde, en el justo eje del desespero lo que me cautiva y me lanza contra el piso de este blog. Excelente Material, Abrazos.

Felipe dijo...

Es bueno crear catarsis en otros individuos, en otras materias, en otras sustancias pensantes. Este relato es criptico y radical... sin ínfulas de inducir, sin ínfulas de persuadir. Sin ínfulas y sin presunción, que son necesariamente lo mismo pero no son constituidos como simil. Algo naturalista que tiende a ser dolencia, pero un dolencia que termina siendo masoquista y bizarra. Gracias, Irr... es bueno saber que al menos alguien me lee. Eso es más que mucho, es demasía multiplicada.

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