Corazón de Cenicero


Las relaciones amorosas, aparte de ser tormentosas, suelen ser el andante de la sonata que todos queremos tocar. El 20 de diciembre de 2009, D., quiso intentar su apogeo de amor musical intentando persuadir a su presa con un cautivante regalo de compromiso y aceptación para la reconciliación. Y con la palabra "presa" me refiero directamente a A. que, por simple caprichoso, obedece a la simplicidad vulnerable de un antagonista sin progresión alguna.

Todo comienza con un invitación clandestina en el despacho de un camerino con olor a orine - detestable olor -. Él, D., intenta atravesar su mente con un tono de voz apacible, haciendose vil y cabizbajo su intento fallido de hablar con repercusión a sus ideales. Yo escuchaba desde lejos ese espectáculo digno de desesperación, pero ya este concierto orquestal con instrumentos sonando a granel tenía que comenzar. La invitación fue aceptada. La concentración de dos fantasmas sin rumbo se iba a dar cita en un hotelito de la capital que tiende a ser transitado por muchos mundanos en busca de la líbido convencional. D. se armaba, - no de valor... - de herramientas de la calle. Planifica su "macumba", preparándose para la guerra amorosa que tendría que darse a como diera lugar. Ya el invitado había aceptado la reunión. D. hace lo imposible para buscar la manera de alejarse de mi; quiere estar sólo por esta noche y me despacha temprano para pensar con ligereza y deshacerse de lo que más le molesta por intimidad personal. (En este momento salgo del espectáculo que se dará lugar en El Madrid y no necesariamente en la capital española)

Con felicidad en las venas, D., da pasos rápidos por las calles de Chacaito y aborda a El Madrid como cualquier persona podría abordar un ideal incoherente. No le interesa problemas sociales y mucho menos culturales. Él se jacta de la idea de estar haciendo todo bien buscando la utopía más acérrima para apegarse a la circunstancia dada ejecuta en ese momento: "quiero estar contigo, sólo contigo".

Habitación número 18, piso 4. Así dice el manojo de llaves que lleva en su mano. El pasillo del hotel es angosto y largo. El olor a látex entre las habitaciones es imposible dejar de captarlo. A él no le interesa tan jocosa trivialidad, sólo escucha a su cerebro y abre la puerta de su habitación tan rápido como deja las rosas en la cama y prende las velas. - ¡Qué difícil es no ser injusto por unos mismo! - Eso lo que debería estar pensado D., lo que todos deben pensar al momento de hacer lo en este momento que, eventualmente, se trae a turbaciones. Así lo cree D. y se hace la idea que su amado A. lo cree también así. Ellos han estado inclinado con frecuencia sobre aquel pasado un poco pueril y tan triste que disfrutan recordando sus pensamientos y sensaciones más íntimas que a sus propios sueños.

El tiempo se hace chiquito y ya la habitación está preparada. Habían quedado en que A. llegaría más tarde y se encontraría con la tramoya. Para él eso es predecible. Contrasta la manera de no imaginarse que se encontrará allá y piensa en cualquier significado inquietante que pudiera escaparse. Ya D. se encuentra listo y sopla sus dedos pensando en las palabras más significativas, mientras piensa en un discurso persuasivo como ya lo había hecho antes sin ganar el inútil combate. Para él, este momento marcaría la historia de esa sonata de amor a la que quiere someterse. Se acuesta en la cama mientras se hace roce con las almohadas y espera la llegada del huésped deseado.

Sólo han pasado 20 minutos luego de su roce con las almohadas y piensa hasta el más mínimo detalle; entre ellos: el gire de manivela de la puerta mientras aparece la luz del pasillo y las pulsaciones de su corazón en aceleración, apuntándose los nanosegundos en el relog y la entrada imaginaria de A. a la habitación. Ya no se piensa en nanosegundos, sino en largos minutos sin la respuesta de su antagonista y el declive del pensamiento del movimiento de la manivela se va perdiendo poco a poco. Ya las horas se hacen millenium y los segundos décadas. El tiempo pasa tan rápido como su esperanza baja de nivel. Ahora se entra a la etapa de la desesperación. Las uñas se aferran a las sábanas de la cama color marfil y el espejo de al frente representa la venta para el escape. D., viéndose con su propio D., en un espejo sin objeto y sin sentido, es como vislumbrar el más débil esfuerzo de comprometerse en medio de caos y olor a látex.

La no llegada de A. no era predecible. D. se hace la idea de que no se sabe la dirección o que ocurrió un accidente en el transporte urbano. Esos accidentes que nosotros anhelamos que suceda cuando estamos hartos de pararnos tempranos y adentrarnos a la rutina de siempre. Pero es mentira. La no llegada de A. se debe al no consentimiento mutuo de ideas, al no entender que los problemas más viles no se arreglan en la cama de un hotel insignificante e incidental que fluctúa sin condición a la ciertas momentos o maneras de nuestra existencia en que somos, de manera inexplicable, lo que llegaremos a ser más tarde.

A. nunca llegó...

Y D. sigue esperando en El Madrid haciéndose la idea que los recuerdos, jamás pudieran ser recuerdos de amor.

Esto es para ti D. (Ernesto), porque me enseñaste a combatir contra insalubridad con tus experiencias. (Soy un experto sin experiencia) Te adoro.







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